Diario de la masacre en la escuela rusa de Beslán

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En septiembre de 2004 en la república rusa de Osetia del Nortesucedió una tragedia que conmovió a Rusia y al mundo.

Era 1 de septiembre, el primer día de clases en todas las escuelas de Rusia. Niños y adolescentes jubilosos volvían a clase a ver a sus compañeros y compartir las experiencias que habían tenido en el verano. Eran momentos de regocijo en la ciudad caucásica de Beslán. Padres orgullosos miraban cómo sus niños entraban a clase sin saber que les iba a esperar un sufrimiento de más de tres días.

La escuela № 1 de Beslán fue tomada por terroristas con más de 1.000 niños y adolescentes dentro. Encañonados, estuvieron hacinados en el gimnasio durante 51 horas y 50 minutos.

Una de las jóvenes que estuvo retenida en esta tristemente famosa escuela publicó años después en su blog sus terribles recuerdos de aquellos días de septiembre de 2004. En aquel entonces la chica iba a comenzar 9º grado. En el atentado pereció su madre, que era una de las maestras de la escuela.

Día 1

Día 1

 

En mi ciudad natal ha sucedido un hecho horroroso que ha arruinado toda mi vida anterior. Su nombre: la masacre en la escuela № 1 de la ciudad de Beslán… Amanecer. Hace calor. Hace sol. 1 de septiembre. Mi fiesta favorita después de mi cumpleaños. Me pongo una nueva camiseta blanca, mi faldita negra y mis zapatos favoritos. Mi mamá se puso su traje preferido de color beige. Desayunamos, son las ocho y diez, y salimos. ¡Qué tiempo tan bueno hace! Caminamos por la avenida Nadterechnaya, inundada de sol.
Hace tanto sol que me duelen los ojos. Todavía no hay nadie, es demasiado temprano. Hemos salido temprano con la intención de acabar la decoración del aula de mi mamá. Nos acercamos a la escuela. Hay poca gente en el patio, unas cuarenta personas. La mayor parte, posiblemente, esté dentro. Todo va como siempre: los alumnos están en grupitos discutiendo las vacaciones que se han pasado volando, los maestros hacen casi lo mismo, los alumnos del primer grado entran en la escuela con enormes ramos de flores y globos. Mi madre y yo entramos en su aula. En todo el edificio huele a pintura: Sveta y Alexander Mijáilovich no lo hicieron todo a tiempo. Todavía reina el silencio, no hay nadie en el aula. Mamá escribe en la pizarra la frase: ¡“Bienvenidos a la escuela!”. Salí a la calle, no hay nadie de mi clase. Es natural, ya somos mayores, ¿por qué no llegar tarde?

Empezaron a reunirse poco a poco. Todos están arreglados. Alguien está grabando un vídeo con sus niños, otros reparten entre los alumnos del primer grado los globos que, según la tradición, deben lanzarse hoy al cielo. Le digo a Madina que les envidio: “Son tan pequeños y tan felices”. Después salimos al patio donde están todos mis compañeros. Están charlando mientras esperan la ceremonia de apertura del año escolar. Cristina, Dzera y yo estamos discutiendo sobre la camiseta de Dzera… Y aquí nuestra discusión se interrumpe. En alguna parte, muy cerca, suenan unos disparos. Volví la cabeza y vi a tres chicos que corrían hacia la salida, les perseguía un hombre con una espesa barba negra. Corría detrás de los chicos y disparaba al aire. “Es una mala broma, puede ser que sea una burla o algún ensayo o simulación”, pensé.

Pero estas ideas desaparecieron enseguida cuando empezó el tiroteo por todas partes y nos hicieron correr hacia la sala de calderas. Nos amontonamos. Empezó el pánico. Ellos nos ordenaron callar e ir a la sala de deportes. La gente corrió allí… Tenía ganas de ocultarme entre la muchedumbre. Me decía: “Todo se acabará ahora, no es nada más que un sueño”. Siempre al oír esas frases en las películas de Hollywood me reía de los estadounidenses, pero esta vez no quería reír. No sentía miedo, sino un fuerte deseo de vivir. La puerta de la sala deportiva estaba cerrada, así que ellos rompieron dos ventanas que daban al patio para que entráramos. Todos se apresuraron a saltar las ventanas, cada uno entre la muchedumbre hacía todo lo posible por penetrar en la sala lo más rápido posible. Al encontrarse todos en la sala nos ordenaron ponernos en cuclillas y callar. Vi entre la gente a mi compañera de clase, Zarina. Tomé su mano. Sentimos que estábamos juntas y eso era muy importante. La gente entró en pánico, tuvimos un ataque de nervios.

Para calmarnos, ellos cogieron a un hombre y amenazaron con matarle si no nos callábamos. Lo intentamos con fuerza, pero no pudimos, el miedo y el pánico predominaban. Se oyó un disparo. Le asesinaron… Se hizo el silencio, un silencio de muerte, en sentido literal. Nos ordenaron deshacernos de todos los móviles y bolsos. Dijeron que fusilarían a 20 personas si oían una llamada… Levantaron a una parte de la gente y les hicieron pasar a otro lado de la sala. Entre esa gente estábamos nosotros. Justo en ese momento ellos extendieron unos explosivos. Puede que hubiera unas diez granadas. Ellos lo hacían todo con un gran profesionalismo, como si lo hubieran hecho toda su vida. Todo el tiempo pensaba en mi madre. No la vi en la sala, la buscaba con los ojos pero con tanta gente… De repente oí una voz. La voz más agradable y más querida desde mi niñez. Su voz.

Le pedía a uno de ellos sentarse a mi lado. Por extraño que fuera, le permitieron hacerlo. Mi mamá se acercó y se sentó junto a nosotras. Empezamos a preguntarle qué pasaría si no nos liberaban. Mamá decía muy tranquilamente que todo iba a estar bien, que nos iban a salvar. Junto a nosotras, de pie había dos viudas negras. Llevaban burkas, no se veían sus caras. Sólo se podían ver sus ojos y pies. Llevaban ropa y calzado deportivo. En una mano tenían pistolas, la otra permanecía sobre los dispositivos de sus cinturones. Tenían tal mirada… Mirada de hielo, no viva. Eran las viudas negras las que nos imponían miedo y horror. Pero el sentimiento principal que experimentamos al verlas fue odio.

Hasta ese momento, cuando oía sobre las suicidas las odiaba, me provocaban asco. Para mí una mujer es ante todo una madre, ama de casa, esposa… ¿Cómo una mujer puede asesinar a una persona inocente?… Las viudas negras salieron. Después levantaron a diez hombres muy altos y les sacaron de la sala. Un terrorista pasó cerca de nosotros. De repente se paró, dijo algo, después miró a Madina y se enfureció. Mientras le gritaba “¡Tapa tu vergüenza!”, le lanzó una chaqueta. Ella tenía las rodillas abiertas, al asustarse se las cubrió. “Por lo menos no nos van a violar”, pensé… A principios ellos eran “correctos”. El primer día le dieron a la gente unas hojas de papel para que pudieran abanicarse, nos permitían ir al baño, nos daban agua. Pero después la gente comenzó a portarse como ‘arrabaleras de mercado’. Así su generosidad empezó a desaparecer. El tiempo pasaba muy lentamente. Hacía calor, un calor insoportable. Si nos quitábamos todo lo que se podía quitar, sin ‘desnudarnos’ demasiado… Tuvimos una sensación como si todo pasara en un mundo paralelo. Nos parecía muy extraño que todo el mundo supiera lo que estaba pasándonos. Tratamos de ser optimistas, incluso bromeábamos.

En aquel momento pensé que la mejor salida era no llorar, no desesperarse ante sus ojos. No complacerles y no mostrarles que tenían poder sobre nosotros… La primera explosión A eso de las cinco sonó la primera explosión. Tuvo lugar en la escuela, no muy lejos de la sala de deportes. Pasados unos minutos los rebeldes llevaron a la sala a un hombre herido, uno de los que habían sacado. Cerca de nosotros estaba sentada Fátima, la enfermera. Fátima pidió que le permitieran tomar medicamentos del despacho, pero no le dieron esa posibilidad. Entonces encontró una camiseta y empezó a vendar su cabeza y su hombro. Katsápova Alana le ayudó mucho. Para mí es una heroína.

En torno a las ocho se puso a llover. Estábamos sentados bajo las ventanas y tratábamos de capturar con las bocas las gotas de lluvia. Tuvimos sed. Me sentía bien debajo de la lluvia. Es el mejor recuerdo que tengo de todo aquel infierno. Después de la lluvia nos sentimos más fresquitos.

El pequeño deseo de ser mayor

Llegaba la noche. No teníamos ninguna noticia. Queríamos dormir, no pensábamos ni en comer. De día alguien entregaba chocolates, pero yo no quise. ¿Para qué, si luego tendré aún más hambre? Durante el día vino más gente a nuestro grupo: estábamos con la directora y ellos se sentían más seguros a su lado. Y ella… la verdad… por supuesto no pienso que estuviera vinculada con los terroristas o algo así. Pero nos decepcionamos muchísimo de ella como maestra y como ser humano, en alguien maduro.

Aunque tuvieras 90 años no tienes derecho a tomar una medicina cuando a tu lado hay niños que se desmayan y que te clavan su mirada. Y no sólo miran, sino que se acercan a ti, las madres te piden la pastilla y tú dices: “No, no tengo más”, con la pastilla en la boca. En una situación así no hace falta ser un héroe, pero uno debe ser humano. Puede ser que yo no tenga razón, pero pienso así. Durante el primer día todavía intentábamos no dejarnos llevar por el pánico y no pensar fijamente en nuestro futuro. Incluso gastábamos bromas. Por la noche dormíamos en el suelo por parejas. Madina y yo nos sentábamos en un banquito, mientras mamá y Zarina dormían en el suelo. Después de una hora nos cambiábamos. Algunos dormían sobre las rodillas o los hombros de otros. Todos estábamos devastados. Los niños lloraban. Y en esta situación se cumplía nuestro pequeño deseo de ser mayores. Mejor si no se hubiera cumplido jamás.

Día 2

El segundo día, el más largo

Nos despertamos muy temprano, en torno a las siete. Una sed tremenda. Muchísimo sueño. Pero con ‘Ellos’ no se puede dormir. De repente empiezan a disparar, Dios sabe para qué. A lo mejor, para mostrar que todavía están aquí, armados y pertrechados. Después de cada disparo los bebés se echan a lloran y las madres se ponen histéricas.

Ayer ‘Ellos’ caminaban en círculo por la sala y gritaban: “¡Nadie se pone en contacto! ¡Nadie os necesita! ¡Nos sacarán a todos juntos con los pies por delante!”. Y, realmente, ni Dzasójov, ni Ziázikov se ponían en contacto.

Al final del primer día empezaron a negociar con alguien. Presentaron tres demandas principales:

1. Retirar las tropas de Chechenia.

2. Que se presentaran en el lugar Vladímir Putin, Dzasójov, Ziázikov, Roshal y Aslajánov.

3. Separar Chechenia de la Federación Rusa.

En cuanto los adultos conocieron las demandas, se dieron cuenta de que no íbamos a salir vivos de allí. Cumplir con estos requisitos era imposible. Y los niños ingenuos decían: ¿Pero por qué no hacen lo que les piden? ¡Que retiren estas tropas! ¡Que vengan estas 5 personas! ¿Qué es tan difícil?” Y yo también pensaba así. Pero mamá dijo que no era posible, que se tarda años en retirar tropas. Lo dijo, pero yo no la creí. Entonces yo todavía no sabía que a todo el mundo les dábamos igual, que nadie nos necesitaba. Creía que la gente era noble y que estas cinco personas vendrían. Era muy pequeña, muy ingenua y tonta. Incluso los terroristas eran más inteligentes que yo en este sentido, cuando decían que nadie se preocupaba de nosotros y que todos nosotros estiraríamos la pata allí.

Ellos no permitieron que tomáramos agua: decían que estaba envenenada. Dejaban salir al baño selectivamente. En la entrada del baño había una cola enorme que de vez en cuando ‘Ellos’ disolvían con gritos y amenazas.

El segundo día fue tan largo… No teníamos nada que hacer, se nos dormían las piernas, lo único que queríamos era agua e ir al baño. De vez en cuando sonaba un celular (era bastante gracioso ver a un terrorista con un minúsculo móvil rojo genuinamente femenino, pero en esos momentos no nos fijábamos en eso). La melodía era el politono de Nokia. Ahora, cuando escucho este sonido sufro una sensación de pesadumbre.
1
Estábamos sentadas cerca de las ventanas y podíamos respirar más o menos bien, a diferencia de los que se ahogaban en el centro de la sala. Se sentaban pegados unos a otros y les faltaba el aire: al final del segundo día mucha gente se empezó a desmayar.

La mañana del segundo día uno de ‘Ellos’ pasó a nuestro lado con unos periódicos en la mano. Percibí el olor de papel ‘fresco’ y empecé a pensar de dónde habrían sacado los periódicos. Me hice la misma pregunta cuando un terrorista pasó a mi lado con un contenedor de agua, a pesar de que decían que el agua de la tubería estaba envenenada.

Y el día se prolongaba… Ningún movimiento, ninguna noticia. No dejaban que saliéramos al baño. No se repartía agua casi desde el principio del secuestro. Cada momento se hacía más y más difícil. De repente, los terroristas se animaron y se mostraron más activos. Cogieron a la directora y la llevaron fuera de la sala. Al cabo de un rato ella volvió con un hombre vestido con un uniforme militar. Yo le veía por primera vez en mi vida. La directora dijo algo y luego empezó a hablar él. Yo no oía lo que decían los dos porque estaban demasiado lejos, pero vi que los presos empezaron a sonreír y a aplaudir. Alguien empezó a llorar. A algunas madres las llevaron fuera junto con los niños. A través de los rumores de la gente supimos que este hombre, Áushev las sacó fuera. Le estoy muy agradecida: salvó muchas vidas. A pesar de que estábamos todos encerrados en la sala, los rumores llegaban instantáneamente.

Después de marcharse Áushev nos sentimos mucho mejor. Recibimos esperanza.

En la sala hacía mucho calor, faltaba el aire. De día un hombre anciano en el centro de la sala se sintió mal. A su lado todo ese tiempo estaba una mujer muy guapa con un vestido negro. Se dirigió a uno de los terroristas, pidiendo medicinas y ayuda, y él le dijo con un enorme acento: “No le vamos a dar nada… Que se muera”. La mujer empezó a gritar y el terrorista le puso el fusil de asalto en la cara. Ella no tuvo miedo y le dijo algo así como “Dispara”. Lídushka corrió hacia ellos gritando: “¡Chicos, no! ¡Tened piedad, es viuda!”. Aquella mujer sobrevivió: luego la trasportarían a un hospital de Moscú con una trauma craneal.

A eso de las 9 o las 10 los terroristas empezaron a manifestar algunas emociones humanas y nos dijeron que los que quisieran se trasladaran a la sala de máquinas de ejercicios. Nos levantamos y nos fuimos allí. Hacía más fresco. Nos sentamos en un suelo de hormigón. Jódov nos dejó y salió a la sala de deportes. En la sala de máquinas de ejercicios estaba de guardia un terrorista que todavía llevaba una máscara que cubría su cara. Pero veíamos que no tenía barba y que tenía un gran hematoma en su ojo izquierdo. Nos permitió que entráramos en las cabinas de ducha por turnos. Fue un gran alivio. Entré en la ducha con Madina y su pequeño hermanito Dzámbik, un niño muy flaco y bajito. Mientras Madina estaba en el baño, yo cogí a su hermano en brazos y empecé a hablarle de fútbol, su verdadera pasión, para distraerle. Luego, yo también fui al baño. Y finalmente bebí agua. Fue lo más dulce que he probado en toda mi vida y me daba igual si estaba envenenada o no. Regresamos muy rápidamente porque aquel terrorista joven nos metió prisa. Por lo visto, temía que pudiera volver Jódov. Pero éste de todos modos se dio cuenta de que los rehenes habíamos estado en las cabinas y empezó a gritar a aquel muchacho.

Nos dormimos. Mamá puso a Dzámbik a su lado: era uno de sus alumnos favoritos. Y yo me tumbé al lado de él, buscando abrazar también a mi mamá. Así buscábamos calentarle un poco porque casi no tenía ropa y, además, sufría problemas de riñones. Ya estábamos acostumbrados a los disparos y nos dormimos muy rápidamente.

día 3

día 3

Nos despertamos muy temprano. Más o menos a las 6 de la madrugada, porque aún no había amanecido (…) El tiempo pasaba muy lentamente. La sed mataba. Y la debilidad, no había ganas ni de moverse. Vi que algunos tenían vasijas con líquido amarillo; al principio no me enteré de que era orina. Todo este tiempo Zarina estaba cerca de su primo, que tenía que empezar la primaria. Ella estaba muy preocupada por él. Al tercer día él estaba demasiado flojo, todo el tiempo pedía agua. Entonces ella sacó de algún lado un estuche medio roto y lleno de orina, y le dio poco a poco, mojando la cara del niño y la suya.

Yo no pude superar mi repugnancia o mi sed no era lo suficientemente fuerte como para tomar esto. Zarina sólo me mojó la cara y los labios. No parecía tan asqueroso en aquel momento, no. Cerca había un niño que evidentemente ya estaba histérico. Nos pedía que le dijéramos nuestros números telefónicos, los quería recordar y marcar cuando saliéramos de allí. Y cuando vio el recipiente con la orina, lo lanzó por los aires y empezó a gritar que no tomáramos ese ‘aceite’. Yo tenía unas ganas tremendas de dormir. Ya no soñaba con la liberación, más bien con la muerte, porque parecía el desenlace más probable. Al tercer día todos querían una sola cosa: el fin. Cualquier fin, sólo que se acabara todo.

Débil y con ganas de dormir me caí al suelo, pero los terroristas anunciaron que iban a fusilar a todos los que se desmayaran. Entonces mi mamá dijo: “Tenemos que levantarnos”. Yo y Zarina nos apoyamos en nuestras espaldas, y así conseguimos sentarnos porque ya no nos quedaban fuerzas; mi mamá también estaba muy débil. Zarina me preguntó qué hora era. Todo ese tiempo yo tenía puesto mi reloj preferido de color rojo que me había regalado mi hermana. Era la una de la tarde. Luego sonó el teléfono. De vez en cuando llamaban a los terroristas y ellos nos contaban todo lo que les habían dicho. “Retiran las tropas de Chechenia”, dijeron. “Si esta información se confirma, empezaremos a liberarles poco a poco”. En ese momento por primera vez en aquellos tres días sentí ganas de llorar porque surgió la esperanza de que íbamos a salir de ahí. Y más tarde… yo simplemente me desmayé y cuando me espabilé vi el techo ardiendo encima de mí, todo se caía, la gente estaba tirada por todos lados. Y lo primero que vi cuando me levanté fue el cadáver carbonizado de uno de los terroristas… en una silla, portando una munición detonada, y a otro terrorista tirándole agua. Ellos empezaron a gritar que todos los vivos se levantaran y salieran del gimnasio al pasillo. No sé por qué, pero mi mama y yo nos levantamos y fuimos. Llegué a notar una herida en la mano izquierda y me tranquilicé de que no hubiera otras. Mi mamá tenía un agujerito pequeño en el omóplato derecho. En el camino hacia la salida traté de ir con cuidado, por todas partes había cuerpos, fragmentos del techo, pedazos de madera… Cerca de la puerta vi algo que hasta el día de hoy da vueltas en mi cabeza cuando pienso en el atentado… Vi  el cuerpo de una niña pequeñita y muy flaca, y cuando miré un poco más arriba de su cuello me di cuenta de que no tenía una parte del cráneo… un amasijo medio blanco medio rojo encima de una carita linda, pero muerta. Fue el momento más terrible y más espantoso, creo que es cuando tomé conciencia de que todo esto era real.

Los terroristas nos llevaron del gimnasio al comedor. Allí los rehenes podían tomar agua de barriles y unos niños tragaron galletas con glotonería. No muy lejos de mí había un hombre con un niño en los brazos. El niño tenía puesto un pantalón y una camiseta blanca en cuyo centro había un gran círculo rojo. Respiraba muy mal, más bien parecía el ronquido de un animal raro. Mi mamá me preguntó: “¿Quién es? ¿Mi Vóvka?”. Yo creo haberlo reconocido, pero en aquel momento no podía estar segura de nada, como si mi vista me hubiera estado engañando. Y en el comedor una niña se tiró encima de mi mamá y no paraba de pedirle: “Galina Hadshíyevna, le conozco. ¿Me va a llevar a vivir con usted? Mi mamá y mi hermana murieron. Seguro, salía sangre de su boca… Yo quiero vivir con usted, sé vestirme sola, y bañarme, por favor.” Mamá sólo movía la cabeza, la trataba de tranquilizar y la agarró de la mano.

Luego ‘Ellos’ obligaron a los rehenes a poner a los niños en los alféizares para que saludaran a los soldados con trapos blancos y les gritaran que no dispararan. Las mujeres no quisieron poner a los niños y decidieron ponerse ellas. Todos estaban tirados en el suelo (a mí casi me aplastaron, pero mi mamá me ayudó a salir de la montaña de cuerpos). Luego escuchamos una nueva explosión, muy potente. Yo miré al techo y una ola caliente me cubrió entera. Pensé: “Ahora sí, llegó el fin. Ahora seguro me he muerto”.

Me desperté. La palma de la mano estaba colgando, mi reloj manchado de sangre. Miré mi pierna y vi que de la herida debajo de la rodilla me sobresalía algo blanco, brillante, parecido a un hueso. No sentí para nada el dolor, simplemente me costaba levantar la mano y la pierna. Vi tirada a mi mamá cerca mío. “La pierna”, me dijo. “Vete”. Nunca me voy a poder perdonar haber obedecido, darme la vuelta e irme. No sé que fue. De dónde salió esa traición.
Me arrastré a cuatro patas hacia la ventana rota. Cerca de la ventana vi algunos hornos, llegué hasta el alféizar. Encima de uno de estos hornos había dos pequeños cadáveres de niños desnudos y muy delgados. Eran similares, como hermanos. Sus ojos… al parecer los pusieron con los trapos en las ventanas… o simplemente querían escaparse.

Me faltaba poco para llegar a la calle, cuando mi pierna cayó en una grieta. Yo casi no la sentía, no la podía encontrar, la trataba de sacar… no podía hacer nada. Abajo ya me esperaban los soldados. Me gritaron: “Vamos, tesorito, vamos, solete!”. Y yo no podía. Por este sentimiento de debilidad y desesperanza empecé a llorar. La primera vez en los tres días. Luego junté todas mis fuerzas y liberé la pierna. Me agarraron, me pusieron en una camilla, entraron en una ambulancia y me llevaron a algún lado. En la ambulancia iba una mujer que no paró de tomar agua en ningún momento. Y a mí me daba igual. Ya no tenía fuerzas para alegrarme.

Más tarde me encontrarían mis familiares; más tarde me llevarían al hospital de Vladikavkaz, donde estaría en la misma sala con mi mamá, pero sólo lo sabré después. Más tarde sería cuando me intentaría autoconvencer de que no sigo en cautiverio. Más tarde leería los mensajes de texto en el teléfono de mi hermana y encontraría uno en el que le daban el pésame por mi mamá. Más tarde por teléfono me dirían que Dzerochka falleció. Que Arsen no está más. Que Alanka pereció. Que a Sabina la velaron en un féretro cerrado después del peritaje. Que Albina Víktorovna sacó a los niños. Que los más nobles y los más fuertes se murieron, se ahogaron, se desangraron. La memoria es sorprendente: siempre trata de borrar lo peor, lo más espantoso, doloroso.

Cementerio donde descansan los fallecidos.

Cementerio donde descansan los fallecidos.

Cada día, un nuevo ‘después’. No sé qué hay que hacer para que algo así jamás vuelva a pasar. O algo diferente, pero también horroroso. Les cuento mi historia. Todo lo que pasó, pasó en mi querida escuela, con mis familiares y mis amigos y creo que tengo todo el derecho a contarles sobre mi dolor. Me privaron de algo que yo llamaba ‘vida’. A algunos les privaron incluso del derecho a la vida. Es mi verdad, quizá demasiado sincera. A veces, incluso, cruel y repugnante.
Gracias por su atención.